Fortaleza Peñafiel Zarza la Mayor
 

Relatos Sociales por Juana Clavero Molina

Antes de partir


      
      Zarza (Parte 1)

 

             Antes de partir
            Hace mucho frío, se nota en el ambiente. Tengo la nariz helada.
            Aunque la tengo tapada con la ropa de la cama la noto fría. Es de  madrugada, no he podido dormir. Cuanto tardan en llamarnos, ¿se   habrán quedado dormidos?. La casa está en silencio, casi vacía. De   tantas habitaciones, sólo a dos les queda una cama. Los colchones 
sobre los que dormimos tendremos que enrollarlos y colocarlos en el 
zaguán, donde están apelotonados todos los bultos que nos tenemos 
que llevar. Mi colección de sellos se la he dejado a Seve como recuerdo. Tengo muchos pegados en las hojas de un cuaderno y abultan bastante.Oigo pasos, abren la puerta, parece que se acerca alguien y pregunta:
            ¿Ha llegado ya?
            Todavía no -contesta mi padre-
 Con pasos silenciosos mi madre sube las escaleras, entra en la sala 
  y cuidadosamente corre la cortina de la alcoba, se me acerca y me 
  dice al oído:
  Levántate que tenemos que recoger.
     ¿Quién ha venido?   La tita Maria. Papa está preparando el café para desayunar las
            bolluelas que ha traído.
            ¿Cuánto tiempo tardará en llegar? ¿tardará mucho?
            Poco, estará a punto de llegar. Hace frío, ponte el refajo.
  Mamá baja de nuevo. Mientras me visto recorro con la mirada la 
   alcoba, sólo esta la cama. Cuando salgo la sala está vacía. Bajo las 
   escaleras corriendo. En el zaguán me tropiezo con una maleta y sigo 
    corriendo por el pasillo hasta la cocina. En la mesa está el 
   desayuno. Mis padres, mi hermana pequeña y la tita están sentados 
   alrededor de la mesa. Esperan. La puerta de la calle se abre, llegan 
   tita Esperanza, tito Emilio y tita Adela.
   Justo, Chon ¿dónde estáis?
    Estamos en la cocina.
  ¿Queréis un café?
  ¡Parece que tarda! -dice la tita Esperanza-
   Sí y tiene que ir todavía a cargar donde la Rufina- comenta mi padre-
            Se hace el silencio. De golpe se abre la puerta de la calle y entra
            un hombre frotándose las manos.
            Ya estoy aquí, ¿dónde cargo primero?
            En casa de la otra familia, ya te acompaño - responde mi Padre-
    Mientras, se van acercando a despedirnos los familiares y amigos, a
            pesar de la hora y del frío que hace.
            ¡Ay, ay! rica mía, ¡qué pena! ¡qué pena! -dice la Paula-
            Tened mucha suerte -dice la Amparo-
 Mis titas lloran, mi madre y yo también. Como no puedo soportar la 
 congoja y la pena que siento dentro de mí, empiezo a recorrer la 
   casa en la que tanto tiempo había vivido. Subo al desván, está 
   vacío, está muerto. Hemos tenido que deshacernos de todos los 
   objetos acumulados y guardados durante tanto tiempo, unos a la 
  basura y pocos al desván de la tita María.
  El desván era el lugar de la casa donde más nos divertíamos jugando, 
   mi hermana y yo de pequeñas. Era muy grande, estaba dividido con 
pequeños tabiques de ladrillo en diferentes apartados que antaño 
debieron de servir para guardar el grano de la siega. Nosotros 
guardábamos todas las cosas de mis abuelos y las nuestras que ya no   se utilizaban. Allí podíamos encontrar de casi todo: instrumentos 
que utilizaban para trabajar en las minas, donde mi abuelo Julián 
  era capataz; luces, alambres, aisladores, tulipas….,Todo lo que mi
padre utilizaba para su trabajo, de electricista. En otro, había una 
estantería con muchos libros, libros de radio, manuales de conducir, 
de técnica de operador de cine, de cuentas, fotografías, 
manuscritos; en el suelo una gramola, aparatos de radio, maletas, 
mesas, sillas, zapatos, botas y ropas viejas. En otro, la leña que utilizábamos para hacer la lumbre. En el suelo quedaba la marca oscura que deja la leña al quemarse. Cuantas cosas se hacían 
alrededor de ella.
    La matanza del cerdo.
 El año pasado, este mismo día, matamos el cerdo que el porquero 
  recogía todas las mañanas en la puentita (lugar en mi pueblo, de 
 donde parten seis calles). Para llevarlo con otros, a comer bellotas 
a la dehesa de Benavente para engordarlos. Por la tarde, cuando los 
dejaba, cada cerdo, salía corriendo en dirección a su casa, nunca se 
equivocaban.
Todas las mañanas, cuando el cerdo se iba, mi abuela Deogracia le 
encalaba la pocilga y le fregaba el suelo. Mi abuela era una abuela 
muy limpia y el cerdo también.
  Cada cierto tiempo, lo pesaban, para saber las arrobas que tenía. 
  Colgaban una romana de una cuerda muy gruesa que sujetaban en la 
  viga del techo. No siempre esta tarea la podían realizar a la
primera. A veces el animal se les escapaba, salía corriendo por la   casa como alma que lleva el diablo y si la puerta de la calle estaba 
abierta, por ella que se iba. Era muy divertido. Todos salíamos
corriendo detrás de él. Algún que otro hombre se tiraba a cogerlo, 
pero el cerdo se le escapaba de entre las manos y lo dejaba tirado 
en el suelo, mientras todos nos moríamos de la risa.
   A la matanza se invitaba a toda la familia para colaborar en las 
  tareas. Por la mañana temprano, en la calle, se colocaba la mesa de 
  madera sobre la que se ponía el cerdo. Lo sujetaban entre tres o 
  cuatro hombres. Era frecuente que se les escapara corriendo por las 
  calles y sucediera lo mismo que al pesarlo.
   Mientras el matarife preparaba y afilaba los cuchillos, en el centro 
   de la calle se apilaban los manojos de escobas secas para hacer la 
   hoguera donde se chamuscaba el cerdo. Cuando, sobre la mesa, tenían 
  bien sujeto al animal y preparado en la postura adecuada, el 
  matarife, se acercaba cuchillo en mano, se lo metía en la yugular y 
  así lo mantenía hasta que dejaba de sangrar. Mi madre, con un 
  barreño en el suelo, iba moviendo la sangre con la mano evitando que 
  se cuajara, para poder utilizarla en hacer las morcillas. Realizada 
  esta tarea le sacaban la lengua y se llevaba al veterinario para que 
  la analizara por si tenía triquina. Después, lo chamuscaban en la 
  hoguera y con una espátula de madera grande le rascaban por todas 
   partes para quitarle los pelos. Luego lo descuartizaban, y a pedazos 
lo subían en las artesas y lo cortaban en trocitos chiquititos. Ni 
una sola parte del cerdo se desperdiciaba.
 El desván era el sitio donde se desarrollaba toda la actividad, que   era mucha. En el centro, con leña de encina, se hacía la lumbre y   alrededor de ella nos sentábamos. Mi abuelo Julián, por la noche, 
cortaba el pan que dejaba empapando, para hacer por la mañana las   migas que desayunábamos todos juntos con café con leche.
 Mientras mi madre preparaba el cocido para comer y la sesada para 
cenar, los demás, ibamos cortando a pedacitos chiquititos la carne 
que las mujeres, ponían a adobar para hacer las longanizas, los
chorizos boferos y las morcillas patateras y de sangre. Las tiras de 
  lomo y los solomillos las restregaban con sal, las colgaban y al día 
  siguiente las frotaban con los ajos que habían frito en aceite, las 
  metían en la tripa del cerdo mas gorda y las ataban.
De las vigas del techo y a cierta altura de la lumbre, entre dos cuerdas metían las varas donde colgaban la chacina. Algunas veces, y sobre todo los días de nieblas, se les hacía lumbre para que fueran secando. Cuando estaba seca, se untaba en aceite y se guardaba en los sillos de alvedrío, para conservarla y gastarla durante el resto del año. También en el desván en agosto, los días de feria, por el calor, mi
madre se levantaba a las seis de la mañana, encendía la lumbre y 
hacía la entomatá que ponía con huevos duros para cenar. Cuando se 
enfadaba con nosotras, por no llegar del baile a la hora indicada, nos hacía levantar para ayudarla.
    El desván tenía dos ventanitas pequeñas entre el suelo y el tejado, 
que era muy alto en el centro y descendía mucho hacía los laterales. 
   Por ellas yo me asomaba para contemplar el horizonte. Me gustaba 
  mucho porque parecía que podía tocar con la mano, el cielo, y los 
  tejados de las otras casas, sobre todo cuando mi madre me castigaba. 
     En otro rincón, estaba el picón para los braseros, donde también se 
meaban y cagaban los gatos. Teníamos que tener cuidado cuando encendíamos los braseros porque los excrementos olía asquerosamente al quemarse.
    Al lado de la escalera para salir a la azotea, mi padre tenía una  mesa de madera, con un torno. Sobre ella, en una tabla de madera 
apoyada en la pared tenía toda la herramienta. ¡Cuánto tiempo pasaba 
él en esa mesa!. Mi padre hacía todo tipo de reparaciones, construía 
y arreglaba aparatos de radio, soldaba los pucheros. Un día tenía 
encendido el soldador y a mí no se me ocurrió otra cosa que 
ponérmelo en la parte inferior de la muñeca junto a la palma de la 
mano.
    Pero, ¿qué has hecho? ¡Con eso no se juega!- me decía mientras me 
curaba-
   Sobre una pared tenía colgada las jaulas con los perdigones y los
canarios. Entre dos vigas mis padres habían colgado, una soga muy 
  gruesa para columpiarnos. En la azotea también vivían las gallinas. 
 Con una tela metálica, ellos, habían construido un gallinero. 
Cuántas veces mi madre me decía:
      Sube a ver si las gallinas tienen huevos.
   Ella me había enseñado como meterles el dedo meñique en el culo, 
      Para comprobar sí tenían huevos.
      En el verano, cuando nos obligaban a echarnos la siesta y todos 
estaban dormidos, mi hermana la mayor y yo subíamos despacito y sin 
hacer ruido a la azotea. Una parte del tejado del desván, estaba 
casi a ras del suelo y allí nos
 subíamos para andar por él, y saltar a los de las otras casas. 
 Jugábamos también a la madre de los peligros. Subíamos sobre el 
borde de las paredes de ladrillo encaladas, que limitaban con los 
corrales de las casas y recorríamos el circuito entero contando, con 
un pie bien pegadito al otro, y los brazos en cruz para mantener el 
equilibrio, cuantos pasos salían. A mi hermana siempre le salían   menos que a mí porque tenía los pies más grandes. Cuando alguna 
vecina nos veía, exclamaba:
 ¡Muchachas, muchachas, bajaos de ahí, os vais a matar, ya veréis 
cuando se lo diga a vuestra madre!
  Los domingos que mi madre no me dejaba salir, subía a la azotea para
ver desde allí, a mis amigas y amigos, paseando por la carretera. 
  También poníamos barreños con agua a calentar en el verano para 
bañarnos en ellos, y lavábamos la ropa que tendíamos a solear y
secar sobre el tejado.
   La contemplación de todo aquello vacío era desolador, me producía 
  inquietud, desconsuelo. Tanto como la marcha y la despedida de los 
  seres tan queridos y de mi pueblo, que me fui corriendo escaleras a 
bajo. Tan desolada me encontraba que no me percaté que la gata 
corría a la par mía, metiéndose entre mis pies, hasta que en los 
últimos escalones de las escaleras por no pisarla bajé rodando hasta 
el zaguán donde todos estaban reunidos.
 Las dificultades que tuvimos para meter todo en la furgoneta fueron muchas. La parte de atrás estaba repleta y no cabían más cosas. Así 
que las macetas, los canarios y los perdigones en sus jaulas los 
metimos como pudimos en la cabina donde íbamos, la Rufina con su 
hija y su hijo, mis padres, mi hermana pequeña, el conductor y yo. Casi siempre las despedidas son tristes y esta creo que fue la peor    de todas. Los familiares, amigos y nosotros nos abrazábamos   llorando, nos deseaban que tuvieramos mucha suerte, y sí que la necesitábamos.  Hacer hueco para todos en la cabina no resultó nada fácil, pero 
entre estate quieto y ponte bien se colocaron los canarios, los 
perdigones y las macetas, todos encontramos un cierto acomodo.
     Por fin, la furgoneta se puso en marcha y fue alejándose del pueblo,    poco a poco, metiéndose en una densa niebla, que parecía una nube que se había caído del cielo. 
    Recolectar la miel.
  A pesar de la niebla, por la ventanilla y de pasada pude contemplar 
 la huerta en la que al abuelo Julián le dejaban poner las colmenas. 
  A veces nos llevaba con él para inspeccionarlas. Cuando llegábamos, 
nos dejaba a cierta distancia de donde tenía los vasos. Se colocaba 
un sombrero con velo que le cubría la cabeza por delante y por 
  detrás, se ponía en las manos unos guantes bien sujetos a las mangas de la camisa y se acercaba a cada uno de los vasos con un ahumador. Cuando llegaba la época de recolectar la miel, se 
traían los panales a una cocina que solo se utilizaba para ese 
menester. Nos dejaba entrar cuando estaba bien seguro de que no 
quedaba ni una sola abeja.
 La abuela Deogracia, tenía preparados mandiles y manguitos blancos 
para todos, en función del tamaño. Y si no te los colocabas no te 
dejaba acercarte. También en la cabeza, nos hacía poner pañuelos 
atados, para que no cayera un solo pelo.
 Los panales se colocaban en unas bandejas sobre una mesa inclinada, 
y la miel de color dorado y transparente iba resbalando y cayendo 
lentamente en unos cubos que mi madre ponía en el suelo, cuando 
estaban llenos la pasábamos a las mieleras. Escurridos los panales, 
se estrujaban y estrujaban formando bolas de cera que luego mis 
abuelos vendían.
 La abuela era la encargada de hacer el agua miel con tropezones. Su
elaboración era sencilla, pero no les quedaba igual a otras mujeres. 
  La abuela ponía gran esmero en ello. En una cazuela grande ponía la 
  miel a derretir, la agregaba agua y trozos de calabaza, y daba 
 vueltas y vueltas con una cuchara de palo hasta que el líquido se 
  ponía de color negro y la calabaza estaba cocida. Esperábamos a que 
  se enfriara antes de comerla.
  Los chozos
 La niebla seguía siendo densa lo que hacía que la furgoneta fuera 
  avanzando lentamente.
 Junto a la carretera, vi el camino que iba por la dehesa de 
Benavente a la majada donde los pastores en los chozos vivían con sus
familia, unos cuidando las cabras, ovejas y cerdos de pata negra del 
amo, otros le pagaban al amo por el terreno para cuidar su propio 
ganado. Los chozos donde vivían los construían ellos mismos, en   forma redonda o rectangular. En el suelo de tierra, marcaban un circulo o un rectángulo y desde el borde marcado, iban colocando 
ramas de encinas entrelazadas y atadas con tiras de la corteza de la 
misma rama para darles forma de cono o rectangular, lo 
suficientemente alto para poder estar dentro de pie. Una vez 
construida la estructura sólida, la recubrían por fuera con escobas y jaras atadas entre sí tupidamente. El suelo lo empedraban con 
pizarras, en el centro situaban el hogar para hacer la lumbre. En la 
parte situada al mediodía, dejaban el hueco suficiente donde 
colocaban la puerta de entrada. Por dentro, como a medía altura del 
suelo, con palos de encina, construían los camastros y sobre ellos 
colocaban los jergones de paja. Los bancos para sentarse como otros 
muchos utensilios de cocina, los construían y tallaban en corcho. 
  Alguna vez mi padre nos llevaba a visitarlos, ellos nos recibían con  mucha alegría sobre todo sus hijos. Nos enseñaban como ordeñaban las cabras, veíamos como mamaban los cabritillos, cogíamos los huevos de las gallinas y les echábamos de comer a los cerdos. Con ellos nos sentábamos alrededor de la lumbre y nos invitaban a compartir su comida.
   Con la leche de cabra, las pastoras hacían los quesos. Algunos los 
curaban ellas, otros los vendían frescos. Mi madre los compraba frescos y los curaba en la despensa, sobre una cama de paja. Había 
que darles todos los días la vuelta y pasándoles la mano con agua. 
  Una vez curados, se untaban con aceite y se ponían a reposar en un 
sillo de alvedrío. De vez en cuando se volvía a repetir la operación 
hasta que se consumían. Los quesos olían muy mal pero estaban 
riquísimos.
              

El accidente

Zarza (Parte 2)

 

  El accidente
Mi pensamiento fue interrumpido por un brusco frenazo y la voz de mi padre -¡cuidado, cuidado!- a la vez que todo se nos venía encima y la furgoneta empezaba a deslizarse brincando por el terraplén de la cuneta, hasta pararse bruscamente. Mi madre abrazó a mi hermana la pequeña. La Rufina a su hijo y yo a la niña. Todos se pusieron a llorar. El susto fue morrocotudo. Lo importante era salir de allí, todas las cosas se nos habían venido encima y la furgoneta echaba humo. Una vez todos afuera, y a salvo, supimos lo que había pasado,
“Un caballo, un caballo”. Estaba en medio de la carretera y con la niebla tan espesa no he podido verlo -decía el conductor muy asustado y con la cara blanca-
¡Madre mía, madre mía! decíamos los demás, echándose las manos a la cabeza, y no con mejor color, a la vez que revisábamos la furgoneta; tenía un buen golpe en el palier (por lo que dijeron mi padre y el conductor).
A esas horas de la madrugada, no pasaba ni un alma por la carretera, así que tuvimos que esperar un buen rato hasta que apareció un primer coche que pudo trasladarnos, a parte de los que íbamos, a Moraleja para avisar de lo sucedido. El resto fuimos llegando poco a poco.
Para no helarnos de frío, mi padre el conductor y yo, hicimos una lumbre, esto nos dio calor y nos quitó parte del susto. Durante ese tiempo pude contemplar el entorno y el paisaje que me rodeaba, y que en mucho tiempo no iba a volver a ver. El tupido velo de niebla que nos cubría, fue poco a poco dando paso a la luz del día. Una lluvia tranquila y pausada, comenzó a caer provocando un sonido armonioso, melódico. El aroma a tierra mojada se mezclaba con los olores de la jara, del romero y del tomillo. Las encinas con sus grandes copas y el manto verde que se forma bajo ellas, se hicieron presentes cubriendo todo el horizonte. Los toros bravos, de lidia, estaban tranquilos cobijados bajo ellas. Un mayoral montado en una jaca blanca, cubierto con una capa negra y un sombrero se paseaba entre ellos. Una piara de cerdo ibérico estaba tumbada junto a una pequeña charca.
Yo pensaba para mí: “Será muy bonito el lugar al que vamos, pero no creo que tanto como esto”.
Esperando, sentados sobre unas piedras al lado de la lumbre, mi padre y el conductor hablaban y fumaban cigarrillos.
Esto es una parte de la dehesa de Benavente -decía mi padre-
Parece muy grande.
Es tremenda, va desde el río Alagón a la ribera -río Erja- que limita con Portugal. Mira, detrás de ese cerro, están las moreras, en ellas se crían las sandias mas grande que yo he visto, que como mínimo tendrán cerca de dos arrobas. También está la fuente de los Cañitos, sus aguas son medicinales, son las mejores para curar cualquier problema que se tenga en la piel. Mas allá pasando la ribera, están las Termas de Monfortinho, y más a la izquierda, Salvaterra do Extremo -le señalaba con el dedo-
- ¿Toda es de tu pueblo? -preguntaba el conductor-
Si, pero de una sola familia.
En la dehesa de mi pueblo cada vecino tiene un trozo, es de todos.
Aquí no.
Esta tiene que tener muchas fanegas.
Tiene unos diez kilómetros entre el río y la ribera, por quince o veinte, hasta el límite con el municipio de Moraleja ¡Imagínate cuantas fanegas!
¡Posí que es grande!
Aquí solemos venir a cazar.
¿Y que cazáis?
Perdices, liebres, conejos, siempre procurando que los dueños no te vean, que a alguno que otro, le han quitado lo que había cazado y además lo han denunciado. Eso sabiendo que cazan para darle de comer a la familia; pero eso sí, a los suyos los dejan cazar todo lo que quieren.

La caza
Algunas veces mi padre nos llevaba a cazar a mi hermana mayor y a mi. De recién casados mis padres y antes de nacer nosotras, mi madre alguna vez le acompañaba.
Era muy divertido. Cuando le dejaban un burro o una yegua, sobre la albarda ponía las alforjas donde metía la escopeta, los perdigones en sus jaulas, la comida y el piporroy se subía al animal. Detrás de él se colocaba mi hermana, que se sujetaba abrazándose a su cintura, y delante, me colocaba a mí, sujetándome con sus brazos, a la vez que cogía las riendas del animal.
Agarraos bien -decía mi madre al despedirnos-
Mamá yo no me puedo caer -decía yo-
Esperanza no te sueltes de tu padre.
No mamá.
Justo ten cuidado con las niñas.
No te preocupes mujer.
Os he preparado un trozo de longaniza, unos huevos duros, un trozo de queso.
Bien -respondía mi padre resignado-
Tened cuidado con el piporro, no lo rompáis, que os quedáis sin agua.
Adiós, adiós -repetíamos impacientes porque el animal comenzara a andar-
Durante todo el recorrido mi padre no paraba de hablar. Se conocía el camino como la palma de su mano: mirad la fuente de La Chiquita, el Tapao de la tita Vitoriana, y el de tito Arcángel, la huerta de fulanito, las tierras de menganito…….., así hasta que nos acercábamos al lugar para cazar. Entonces nos advertía colocándose el dedo índice en la boca:
sss,..sss..
Despacio, silencio -nos repetía al oído, mientras nos bajaba de la yegua-
A esta la dejaba retirada y escondida entre los matorrales. Sigilosamente y sin hacer mucho ruido, le seguíamos hasta el aguardo, que era una pequeña fortificación redonda, hecha de piedras con troneras a cierta altura, construida por los cazadores, donde se metían a esperar sentados sobre las piedras colocadas para ello. Mi padre colocaba a trece pasos del aguardo al perdigón en su jaula, sobre una peana de piedra entre los matorrales. Este cantaba y las perdices se le iban acercando lentamente. Como siempre van en pareja primero tenía que matar a la hembra para luego matar al macho que la iba a buscar. En ese momento no te dejaba ni respirar, teníamos que permanecer como estatuas de piedra.
Una vez mi hermana estornudó. Todas las perdices que se iban acercando, salieron volando. ¡Buf!.. cuánto se enfadó mi padre. Tardó mucho tiempo en llevarnos a cazar.
No siempre la caza se le daba bien. Había veces que traía media docena de perdices o más, otras una, y muchas otras, ninguna. Mi madre las solía preparar estofadas, ¡estaban buenísimas!.
A la caza de la liebre y del conejo no solía llevarnos, porque era necesario andar mucho. Cuando se le daba bien, mi madre preparaba una liebre con arroz que te chupabas los dedos, y eso que la abuela Deogracia no nos dejaba hacer guarradas comiendo.
El día que me llevaron a Cáceres para arrancarme las anginas, como los médicos no te dejaban probar ni bocado. Mi madre cuando pudo, preparó un arroz, que justo sacarlo de la lumbre empecé a comer porque tenía mucha hambre y me quemé toda la boca, pero a mí me dio igual. Desde entonces como todas las comidas muy calientes.
Cuando retorné de mis pensamientos, ellos estaban diciendo:
Hay muchos tramos del río donde vamos a pescar -decía mi padre-
A mi me gusta mas pescar en las charcas -decía el conductor-
Es diferente.
- ¿Cuantas charcas tenéis?
Dos, la Laguna Nueva y la del Moro.
Y de tencas, ¿qué tal andáis?
Depende, aunque echamos muchos alevines cada temporada, pero no sé qué pasa. Unas veces te pican bien y sacas muchas y otras te pasas toda la mañana y ¡ni pa dios!.
Mi madre no le dejaba llevarnos a pescar, no se fiaba. A veces, para verle, nos llevaba el abuelo Julián. Dentro de las charcas tenían unas torretas altas construidas en madera con una banqueta en las que se sentaban. Para llegar utilizaban una barquita pequeña, en la que sólo cabía una persona. Desde allí arriba tiraban con la caña de pescar y si tenían hambre las tencas, picaban la lombriz que le habían puesto al anzuelo. La caña se inclinaba y con cuidado y despacito recogían hilo. Cuanto más recogían más se acercaba la tenca, hasta que salía a la superficie balanceándose en el aire y la podían coger con la mano y soltándola del anzuelo la metían en la cesta. Cuando le picaban mucho, comíamos tencas todos los días, fritas y escabechadas.

Los pocos coches que pasaban por la carretera se paraban para preguntar que nos había pasado. Mi padre les contaba lo ocurrido y allí al lado de la lumbre se quedaban un rato hablando y solían decir:
- ¡joder, joder!, Qué mala suerte.
Cuando se marchaban bromeaban con mi padre
- ¿Qué, me llevo a la muchacha?
- ¿Te quieres ir? -me preguntaba-
No yo me quedo contigo.
Muchas fueron las veces que mirábamos en la distancia para ver si aparecía el vehículo que tenía que transportar la furgoneta hasta que por fin apareció.
El tiempo que tardaron en reparar la furgoneta, se nos hizo interminable. Se tiraron toda la mañana. Llamaron por teléfono para tranquilizar a los familiares. La gente de mi pueblo que vivía allí, se enteró de lo sucedido y se acercaron al taller para llevarnos a sus casas, y darnos de comer. Después pudimos ponernos en marcha de nuevo. Todos íbamos pendientes del conductor y del ruido de la furgoneta.
¿Cómo subiremos el puerto de Perales? -comentaba el conductor-
Bien, hombre, no te preocupes, le han hecho un buen arreglo- contestaba mi padre.

Mi padre en la cárcel

Zarza (Parte 3)

 

  Mi padre en la cárcel
Como mi padre era el electricista. Muchas veces de pequeñas mi hermana y yo, le acompañábamos por las casas para cobrar los recibos de la luz y a reparar las averías. También nos llevaba al transformador. Muy a menudo tenía que revisar todo el tendido eléctrico andando, (o en caballería, si alguien se la prestaba) hasta la central de la luz que estaba en el río Alagón en un paraje llamado vaoGallego. Los días de tormenta y de llovía fuerte, todo el pueblo se quedaba sin luz, dependiendo de la importancia de la avería, cuando no podía él solo repararla, buscaba a gente para ayudarle.
En estas ocasiones, antes de salir y para que el pueblo no estuviera tanto tiempo sin luz, le decía a mi madre:
Chon, si no he llegado para las siete de la tarde, vas al transformador e intentas dar la luz.
Ten cuidado, no me gusta que vayas solo –le decía en esas ocasiones-
Voy a ver dónde está la avería y si puedo arreglarla.
En el transformador hago como siempre……
Sí, tienes que meter las dos palancas, primero la de la derecha y luego la de la izquierda.
Vale, ¡procura estar lo antes que puedas!
Casi siempre para cuando volvía, ya teníamos luz. Un día los dueños de la dehesa de Benavente le mandaron un caballo para que les fuera a arreglar la radio que se les había averiado, mi padre le dijo a mi madre:
-Chon, me voy a reparar la radio a los de Benavente, de paso reviso la línea y veo algunos poste que la ultima vez que estuve no me gustaron, seguramente que los tendré que cambiar antes de que entre el invierno.
- Vale, procura volver antes de que se haga de noche.
Ese día el pregonero había aparecido por las esquinas y plazas tocando la trompetina que anunciaba el bando y decía:
“Purordin del siñor alcaldi se jaci sabe qui a la jocho de la tardi en el cini pa que oíais al Papa Juan XXIII, se va a culucar una aradiu pa que to el pueblu lo oiga”..
Por la tarde se formó una tormenta y todo el pueblo se quedó sin luz. Mi madre estaba muy intranquila, tanto que por dos veces se fue andando por detrás del Sequeros, una ermita que esta a kilómetro y medio del pueblo, para ver si veía venir a mi padre. Como no llegaba, se fue al transformador a hacer lo que mi padre en otras ocasiones le había dicho.
La primera palanca le entró, pero la segunda le saltaba, lo intentaba y le saltaba; lo volvía a intentar y le volvía a saltar. En vista de que no podía hacer otra cosa, se fue.
Esto resultó ser un problema muy grande, ya que medio pueblo tenía luz y otro medio, no. En ese medio sin luz estaba el cine. Llegada la hora de oír al Papa, el cine estaba lleno de gente y sin luz. El tiempo pasaba y la luz no llegaba y entonces el señor alcalde subió al escenario y dijo:
En este pueblo hay una mano negra y esa es la de Justo Clavero.
Algunas gentes al oírlo, salieron corriendo a mi casa; otras, a casa de la abuela Vicenta, que era la madre de mi padre, para decírselo, aunque era sabido que sufría del corazón. Mi madre se fue corriendo otra vez al transformador para volver a meter la palanca, esta vez le acompañaba parte de la familia y más gente.
Mi hermana y yo salimos corriendo a buscar a mi padre por el camino de Sequeros. Cuando lo vimos aparecer corrimos todavía más. Al vernos, se apeó rápidamente de la yegua.
¿Qué os pasa?
¡Papá, papá!, el alcalde te va a meter en la cárcel -le decíamos los dos llorando a moco tendido-
Pero, ¿que decís?
¡Corre papá!, ¡corre!
Y mamá ¿donde está?
En el transformador.
Venga, subid conmigo.
Arreó a la yegua y no paró de arrear hasta que llegó al transformador que estaba lleno de gente. Mi madre seguía intentando meter la clavija. Mi padre se tiró de la yegua, y en la puerta dijo:
¡Me cagüen dios, todo el mundo fuera!. Nunca nadie le había oído ese tono de voz, y el juramento.
Todo el mundo salió en silencio. Se quedó solo, empezó a manipular los aparatos y rápidamente resolvió el problema. Todo el pueblo tenía luz.
La gente que estaba allí decía:
¡Menos mal. Menos mal!
Pero no sirvió de nada. La hora del Papa había pasado y la gente del pueblo no había podido oírlo, como el señor alcalde quería. Pasado un rato la guardia civil se presentó en nuestra casa, y le dijeron:
Justo, te tenemos que llevar.
¿A dónde?
A la cárcel.
Mi madre empezó a llorar diciendo:
¡Ese cabrón, ese asesino!
¡Ese sinvergüenza!- decía mi abuela Deogracia!
Mi hermana y yo empezamos a llorar abrazándonos a mi padre, mi madre se abrazó a nosotros y decía:
Yo me voy con él. Vosotras, id corriendo a decírselo a vuestra abuela.
Llorando y gritando nos fuimos corriendo a casa de la abuela.
¡Abuela, abuela!, ¡tita, tita!. ¡La guardia civil se lleva a papá!
La abuela empezó a temblar, todo su cuerpo se movía,
¡Hijo mío, hijo mío!
La tita Maria también temblaba y lloraba, abrazaba a la abuela y le decía:
Madre, tranquilízate, madre tranquilízate.
Id corriendo a decírselo a la tita Esperanza, al tito Emilio y a la tita Adela.
La tita Pantaleona que vivía enfrente de nuestra casa, cerró el ultramarino y fue a avisar al resto de la familia.
Ira, rabia, coraje, impotencia, eran sentimientos que todos manifestaban. Los recuerdos de hechos acaecidos tiempos atrás, durante la guerra civil, se amontonaban en la mente de todos. Al abuelo Isidoro -el padre de mi padre- una
noche fueron los falangistas del pueblo a buscarlo a casa. Se lo llevaron a la cárcel y desde entonces nadie volvió a saber nada de él. Sabemos que lo mataron con veinte hombres más del pueblo. Unos dicen que los fusilaron en el puente de Alcántara y los tiraron al río Tajo, otros que en la mina de la Paloma en mi pueblo. Hasta la fecha sus restos no han aparecido.
La abuela Vicenta llevaba mucho tiempo sin salir de casa porque estaba enferma del corazón. Aquella noche a base de tila, se fue tranquilizando y cuando estaba un poquito repuesta, le dijo a una de sus nietas:
Paca, acompáñame a casa del alcalde.
Pero madre, usted no puede ir, si se nos va a morir por el camino.
Claro que puedo ir. Mi hijo no pasa una sola noche en la cárcel.
Por lo que contó mi prima la abuela se le puso de rodillas rogándole que soltara a su hijo….. esto hizo que soltara a mi padre.

A la fuente a por agua.
Durante todo el invierno y la primavera y hasta que las fuentes de alrededor se secaban. Como siempre un grupo de amigas, íbamos con los cántaros de barro a la cabeza a por agua. Algún que otro cántaro se rompía, por las risas que hacíamos. Los amigos nos iban a buscar, algunos se declaraban y se hacían novios y terminaban casándose.
Como era tan divertido, las madres que conocían muy bien el tema, porque lo habían vivido, cuando hacíamos algo que no les gustaba, nos castigaban sin ir a la fuente a por agua.
En el verano, cuando a mi padre le prestaban un par de caballerías todos nos íbamos, con las dos familias que vivían en una casa al lado de la central de la luz en Vao Gallego.
Esos días eran inolvidables se alteraba toda la casa con los preparativos.
Al burro le ponían las aguaderas en las que metían cuatro cántaros, dos a cada lado; a la yegua le colocaban el serón; en un lado ponían toda la ropa sucia: colchas, sábanas, cortinas, y la de usar de todos; en el otro lado, ponían la lana de los colchones, la caña de pescar y la escopeta.
Mi madre se montaba con mi hermana y mi padre conmigo. Nosotras íbamos delante, nos sujetaban con sus brazos y a ratitos nos dejaban llevar las riendas.
En todo el camino mi padre no paraba de hablar:
Chon, Esperanza, mirad que bonito está el Canchal Zorrero.
En la ermita de Sequeros, el ermitaño salía y decía:
¡Que! ¿pa el río?
Sí, p’allá vamos.
No sé, no sé, cómo lo vais a tener pa pasar…
Mucha agua lleva, hace unos días lo vi.
Ayer uno de los pescadores me dijo que llevaba mucha crecida.
Ya veremos, si no es por un sitio, pasamos por otro.
Bueno, que tengáis suerte.
Adiós.
Id con dios.
Emprendíamos la marcha por detrás de Sequeros y en la fuente, los animales se detenían para beber. Saciada su sed, reemprendíamos el camino con la marcha al paso que los animales llevaban. A veces, aunque estaba seca, los animales por costumbre se paraban.
Una vez, un ruido entre los matorrales producido por una culebra que rápida y sinuosamente se deslizaba cruzando el camino, espantó al burro, que salió desbocado. Mi madre y mi hermana se movían de un lado para otro sin poder mantenerse, mi padre arreó a la yegua y les decía:
¡Agarraos bien! ¡Chon tira de las riendas!
¡No puedo, no puedo!
¡Sooo burro, sooo burro!
Poco a poco, mi madre fue controlándolo hasta que se paró.
¡Jodida culebra, qué susto nos ha dado. A punto ha estado de tirarnos!
Miedo me habéis dado, cuando he visto cómo salía espantado el burro y cállate que yo me había parado en ese cerro que acabamos de pasar para ver Ceclavín, que si la bicha se me cruza a mí, no sé lo que hubiera hecho la yegua esta.
Todavía nos quedan por pasar los tapaos con los toros.
No te preocupes; si vamos uno detrás de otro y en silencio no tendremos problemas.
No sé, no sé. Eso lo dices tú, pero como salga algo que asuste a los animales, ya veremos qué pasa.
Desde ese cerro miramos, a ver por dónde andan.
La conversación fue interrumpida por otro ruido.
¡Ahí va!, ¡mira qué liebre, cómo salta!
Cuando llegamos al cerro, en un canchal sorprendimos a un lagarto tomando el sol y con el ruido que llevábamos salió corriendo y se escondió.
Desde el cerro se veían los toros bravos alejados del camino, tranquilos debajo de las encinas. Esto les debió de dar confianza, para pasar pero dijeron:
Ss.. no digamos nada hasta que pasemos.
Tranquilos y al paso de los animales, fuimos alejándonos por el camino sin que aparentemente los toros notaran nuestra presencia. Sobre otro cerro y a lo lejos se veía el río.
Ya estamos cerca.
Parece que lleva mucha crecida.
Ya veremos por dónde lo pasamos.
Mirad para arriba, mirad lo que tenemos.
¡Ahí va, cuántos buitres!
Estos andarán buscando algo para comer.
Seguro que por aquí hay algún toro muerto.
Seguro, porque están volando en círculos y a baja altura.
A medida que nos acercábamos, el ruido del agua era mas fuerte y al llegar a la orilla, el sonido crecía mucho más; tanto que teníamos que hablar muy alto para entendernos.
Por aquí, lleva mucha corriente, no podemos pasar.
Vamos un poco más arriba.
Por aquí tampoco.
Mira, al otro lado esta Emiliano y Josefina, avisándonos con la mano.
Parece que nos hace señales para que bajemos.
Sí, venga, vamos.
Cuando encontramos el sitio para pasar, mi padre se bajó de la yegua, puso a mi hermana detrás de mi madre y a mí me delante de ella. Se descalzó, se remangó los pantalones y cogió las riendas. Los animales y él comenzaron a andar despacio sobre los gorrones acumulados que el Alagón deja durante las crecidas.
Agarraos bien, no miréis al agua, que os mareareis. Mirad al frente -nos decía-
Esperanza, agarrate bien a mi cintura. No mires al agua. Mira hacía la casa. Juani, mira al otro lado donde están Emiliano y Josefina esperando, nos decía mi madre.
Pasando el río sí que los animales y mi padre iban despacio. Con tantos gorrones se resbalaban. En algunos tramos a mi padre el agua le llegaba hasta la cintura. Una vez superado el paso, el encuentro era tan emotivo, los besos y abrazos, las palabras cariñosas, seguidas de los habituales comentarios de sorpresa :
Pero, cómo habéis crecido -nos decían-
Esperanza, pero que bonita estas.
Parece que va mejorando -le decían a mi madre, mirándome a mí-
Muy linda se me esta poniendo la mi niña.
Cuando nos acercábamos a la casa, Antonio y su mujer nos recibían con el mismo cariño. Como las dos familias tenían hijos de nuestra edad, todo el tiempo lo pasábamos jugando: al escondite, a la madre de los peligros, a la comba, a los bolindres y a los alfileres. Teníamos que tener mucho cuidado con las arañas, los alacranes y las culebras.
Mi madre y sus amigas, pasaban mucho tiempo metidas dentro del río lavando la ropa. Mientras mi padre ayudaba a Emiliano y Antonio en la central de la luz y, luego se alternaban para acompañarle a pescar y cazar.
Por las noches nos sentábamos a tomar el fresco en una terraza que daba al río. Mientras los mayores hablaban y oían la radio, nosotros jugábamos en el puente que unía la central con la casa. Mucho tiempo pasábamos contemplando las estrellas, había tantas, que daba la sensación de que no cabían mas en el cielo. Muchas desaparecían fugazmente.
El final de nuestras vacaciones llegaba, cuando mi madre terminaba de lavar toda la ropa. Sólo entonces, emprendíamos el camino de regreso a casa.

Mientras nosotras y los pequeños seguíamos al lado de la fuente, mi padre y el conductor revisaban a conciencia la furgoneta. Miraban una y otra vez los bajos, comprobaban el nivel del deposito del aceite, del agua y decían:
Como se nota la subida.
No me extraña que echara tanto vapor, casi se había quedado sin agua.
Menos mal que tenemos esta fuente para rellenar, que si no, jodido lo hubiéramos tenido para terminar de subir.
Con este es el quinto piporro y ¡capaz de tragárselo!. Cuando acabe, nos vamos.
Venga, todos arriba, que nos quedan muchos kilómetros por delante y empieza a soplar el aire.
¡Vaya viento que se ha levantado!
¡Menudos pelos que se nos han puesto!
¿Os acordáis dónde hemos puestos los peines?
Con tantas cosas como llevamos y estos críos que no paran de jugar y moverse no sé por dónde estarán.
Y en verdad que no fue fácil encontrarlos, pero aparecieron y mi madre, Rufina y yo nos pusimos a peinar a los pequeños, después de peinarnos nosotras.
 

El día que nací yo

Zarza (Parte 4)

 

  El día que nací yo
Por lo que me han contado, mis padres se sintieron un poco desilusionados, y tenían razones para ello. Durante el segundo embarazo de mi madre, se pasaron todo el tiempo pensando que tenía que ser un niño. Como en el primero se pasaron el tiempo pensando en que tenía que ser una niña y acertaron, en el segundo hicieron lo mismo; pero, nací yo. Mucho tiempo después con el tercero les pasó igual y nació mi hermana la pequeña. Ya no lo volvieron a intentar.
Cuando mi madre se ponía de parto, las abuelas, el abuelo Julian y mis titas, se iban a nuestra casa, para ayudar en ello. La abuela Vicenta y la abuela Deogracía, que tenían mucha experiencia por todas las criaturas que habían parido, cuando llegaba la comadrona, Doña Lucila, le tenían preparada la cama y en la lumbre, pucheros de agua caliente.
Por lo que mi madre contaba. Todos sus partos, fueron muy largos y dolorosos.
Cuando habíamos nacido. La abuela Deogracias, para que nuestras cabezas tuvieran una bonita forma redonda. Nos colocaba un pañuelo, que partiendo de la barbilla, acababa en la punta de la cabeza con un lazo. Todos los días lo quitaba y lo volvía a poner, hasta que la forma de la cabeza le parecía la apropiada.
Mi hermana la mayor nació, con el dedo meñique de un pie, montado sobre el otro dedo. La abuela se lo estuvo vendando durante mucho tiempo, para ver si se lo corregía, pero no le dio el resultado como con la cabeza. El dedo de mi hermana siguió montado.
Durante todo el tiempo, hasta que mi madre se recuperaba de los partos, el abuelo Julián, le hacía muchos calditos de gallina.
Como de sus tetas salía leche en abundancia, mis hermanas se criaron gorditas.
Después del segundo parto que fue el mío. Mi madre cogió un “pelo” en las tetas y durante algún tiempo no pudo darme de mamar, porque las tenía duras como una piedra y los pezones en carne viva. Tuvieron que buscarme un ama de cría, que nos dio de mamar a su hija y a mi.
Con los caldos de gallina que mi abuelo le hacía, poco a poco la fueron recuperando.
Yo nací además de delgaducha, con la piel de un tono moreno oscuro y sin un pelo en la cabeza, la debía de tener como una bombilla. A los pocos meses, tenía los ojos de color marrón y sin apenas pestañas, el pelo negro y de punta. Cuando a mi madre se le curaron las tetas y volvió a darme de mamar, me puse muy malita. Tenía mucha fiebre, todo lo que comía lo cagaba y lloraba y lloraba. El médico del pueblo estaba cada dos por tres en mi casa para verme, la practicanta también para ponerme inyecciones.
La Rufina como era curandera me curó la luna, de manera que yo de mayor pude ver como lo hacía. En su casa, se metía en el cuarto donde la curaba, con un plato con agua y otro con aceite; los colocaba sobre una mesa. Se santiguaba, ponía el dedo pulgar sobre el índice de la mano derecha y la pasaba de arriba a bajo y de izquierda a derecha lentamente sobre, un espacio vacio al lado del plato del aceite, sobre el plato del aceite y sobre el plato del agua diciendo:
Luna por aquí pasaste la salud de la Juani te llevaste.
Luna por aquí pasarás la salud de la Juani traerás.
Esto lo repetía tres veces sobre cada uno de ellos, se santiguaba, con el dedo corazón cogía una gota del plato de aceite y la dejaba caer sobre el plato del agua. La señal de que tenías la luna era, cuando la gota de aceite desaparecía en el agua. Si así era, te la volvían a curar en tres momentos diferentes. Cuando acababa el agua del plato la tiraba sobre la pared.
Mis padres y toda la familia estaban muy preocupados. Mi madre decía llorando:
Justo, la mi niña se nos muere. Cada día que pasa, pesa menos.
Mucho tiempo lleva así y no mejora, con todo lo que le están poniendo.
Cuando venga el médico le decimos que nos vamos a Cáceres.
Tienes razón, lo que no mejora empeora.
Se lo dijeron al médico y me llevaron para la capital. Al principio los médicos de allí tampoco daban con la enfermedad. A los pocos días, un doctor que era especialista de garganta y oído les dijo:
Le tengo que pinchar los oídos, a ver si con esto mejora.
Hágale usted lo que sea, pero salve a nuestra niña.
Y me salvó. Poco a poco se me fue pasando el mal que tenía y me curé. Pero mi aspecto físico no mejoró y eso que mi abuela y mi madre ponían gran empeño en ello. Para que la piel no se me pusiera más morena me resguardaban del sol, y la cabeza me la tapaban con un sombrero o una pamela, que la abuela hacía a ganchillo. Mi madre pasaba mucho tiempo haciéndome tirabuzones. Con el peine, cogía mechones de pelo, se los enroscaba en el dedo, les daba una pasta verde que le llamaban fijador o agua con azúcar y me lo sujetaba con un montón de horquillas. Pasado un ratito, me quitaba las horquillas, pero en el momento que me movía, mi pelo por efecto del fijador se ponía más de punta. Mi madre se enfadaba porque no hacía carrera. Un día tomó la decisión de llevarme a una peluquera que acababa de aprender el oficio para que me hiciera la permanente. Me la hizo, pero me quemó toda la cabeza. Mi madre estaba contenta porque, por fin, ya tenía el pelo rizado, aunque con el color de mi piel parecía una negrita.
Cuando a nuestra casa llegaban amigos o gentes que aún no nos conocían, de mi hermana decían:
¡Pero, que niña más bonita!.
La besaban y achuchaban, aunque ella no se dejaba. Y de mí decían:
¡Pero que feina es! ¿De donde la habéis sacado?
Casi siempre en estas ocasiones, yo me escondía detrás de mi padre.
Ven, que te demos un beso -también me decían-
¡Ay, no le digáis esas cosa!. Con lo linda que la mi niña se está poniendo -decía mi madre besándome-
Como siempre se repetía lo mismo, cuando crecí un poquito y aprendí a hablar, le preguntaba algunas veces a mi padre con la lengua de trapo:
¿Papá por qué soy feína?
¿Feína tú? De eso nada. Para tu madre y para mí eres la cosita más bonita del mundo.
Pero “la nena” -decía yo por mi hermana Esperanza que era como la llamaba - es muy bonita.
Sois diferentes. Mira los hijitos de la gata. ¿A qué son preciosos? Éste no es igual que éste ni que éste -decía mi padre mientras los iba señalando con el dedo-
Lo que me dijo debió de convencerme, porque cuando me preguntaban:
¿Quién es la bonita de esta casa?
La nena -contestaba yo muy contenta-
¿Y la fea?
Yo. -soy diferente pensaba -
En otra ocasión le pregunté:
¿Papá de donde me has sacado?
Un día, cuando fui al transformador, por la ventana vi entrar una cigüeña que llevaba una cesta en el pico. Con mucho cuidadito la dejó en el suelo, me acerqué para ver qué era y dentro estabas tu. Te chupabas los dedos porque tenías mucha hambre. Te llevé corriendo a casa para que mamá te diera de mamar.
Esto me hizo tanta ilusión que cada vez que pasaba o entraba con alguien al transformador decía:
Ahí me encontró mi papá,….
La emigración.
Recorridos unos cuantos kilómetros, encontramos dos letreros en la carretera, uno con una flecha señalando a la izquierda que ponía Portugal, y otro con una flecha a la derecha que ponía Ciudad Rodrigo. Mientras girábamos a la derecha, mi madre dijo:
¡Cuántas zapatillas se han roto en el camino de Portugal!
¡Cuánta gente del pueblo vive del contrabando! -dijo la Rufina-
¡La cantidad de kilos de café que salen fuera!. Y gracias a eso alguna que otra familia puede comer; que si no el pueblo se queda vacío -dijo mi padre-
Mira nosotros, y eso que Gerardo ha aguantado hasta que ha visto que no podía más. Ni los relojes, arregla ya la gente, y no te digo nada el tiempo que lleva sin hacer unos penderiques, unas gargantillas o unos simples pendientes. Últimamente hasta el trabajo que hacía para la joyería de Cáceres le estaba fallando.
Todavía me acuerdo cuando tu suegro les enseñaba a los tres hijos el trabajo de oribe, ¡qué pronto aprendieron! daba gusto verles trabajar. Los ratos que hemos pasado tan buenos en el tallercino donde trabajaban -decía mi padre-
Pues lo mismo le está pasando a los zapateros. Hace unos días le llevé unos zapatos a Juan, y me decía:
Chon, ya la gente no se arregla ni los tacones, y no te digo nada para que te encarguen hacer un par de zapatos o unas botas.
Juan, no me extraña. Cuando la gente no tiene para comer, se tiene que ir a buscar el pan nuestro de cada día donde sea. Harta de trabajar está la gente para que los ricos tengan más y más, y los que trabajan de sol a sol, pasen hambre y vivan miserablemente.
El otro día, el ollero me decía: Juan, que difícil se me está poniendo el sacar a delante a la familia. Con tanta gente que se ha ido y la situación que tienen los que se quedan. Tengo almacenado los cantaros, las tinajas y los pucheros, sin poder venderlos. La mujer me dice muy a menudo:
Que no nos llega para comer, que los hijos están creciendo y aunque tú les enseñes, aquí no van a tener trabajo. Que nosotros lo tenemos muy mal y ellos lo van a tener peor.
Mientras ellos hablaban, yo me acordaba del camino de Portugal.
El camino del contrabando
Es algo especial, frecuentado de siempre en ambas direcciones, andando, en burro, a caballo y en cualquier época del año, con más o menos gente para comprar, café, quesos, toallas, telas para sábanas y vestidos, en cantidades habituales para el uso familiar. Durante la guerra, mi madre y otra gente además, compraban azúcar, aceite y arroz para venderlo en los pueblos de alrededor. Todo el recorrido lo hacían andando. Algunas veces, cuando los meriños y carabineros les salían al paso, les quitaban la carga sabiendo que lo necesitaban para comer. Los contrabandistas profesionales, utilizaban caballerías en las que pasaban grandes cantidades de todo lo que podían. El recorrido lo hacían cada vez por un sitio diferente y sabían de cuevas donde se escondían con caballerías y todo lo que llevaban de los meriños y carabineros.
El camino, sale de Zarza la Mayor por el paraje conocido como el “reducto”. Durante la marcha, pasamos por la cruz de Salvaterra. El terreno es ondulado, con subidas y bajadas permanentes, perdiendo y divisando continuamente el horizonte. En primavera está rebosante de luz, de color, de aromas, de olores: de la escoba blanca y amarilla, de la jara, con esas flores que te miran; de las margaritas, de las amapolas, de los lirios, del tomillo, del romero. La mezcla de tantos y diferentes olores te hacen inspirar profundamente y tienes la sensación hasta de saborearlo.
Pasando al lado de la huerta de Juan Terrón, puedes contemplar las parras, que dependiendo de la época, le cuelgan racimos de uvas, con el que hace el vino de pitarra.
Cuando entramos en la dehesa, las encinas plagadas de bellotas, con su manto verde en el suelo, lleno de flores, cobijan bajo ellas, a los toros de lidia, de casta bravía. Los alcornoques, también repletos de bellotas, con los troncos despojados de sus cortezas, dejan al descubierto el color rojo tierra, de la madera fresca.
A veces ves saltar los conejos y las liebres, entre las escobas y las jaras, a las perdices en pareja andando señorialmente, o con su vuelo bajo; a las cigüeñas, esbeltas, con sus patas largas, andando por los tapaos, hincando sus picos en la tierra en busca de alimento; a las águilas reales con su vuelo majestuoso, oteando el entorno, para coger algún animal entre sus garras; a los buitres, al acecho de algún animal moribundo o muerto; a los lagartos tomando el sol.
Cuando te vas acercando, a la ribera, se ven las ruinas majestuosas del castillo de Peñafiel, construido en piedra labrada, sobre un canchal, alto al lado de la ribera. En diferentes ocasiones hace mucho tiempo, tuvo su importancia estratégica en las guerras, entre España y Portugal.
Desde él se divisa el horizonte y cuando te acercas al precipicio, al fondo, ves como se desliza con fuerza el agua. La ribera, que hace de frontera natural, es angosta y cortante. Entre los salientes y entrantes de los canchales, anidan buitres y cigüeñas negras. Dependiendo de la época y de las lluvias, puede llevar
tanta crecida y corriente que te impida pasar a la otra orilla, andando o en caballería.
Si la cantidad de agua que lleva te permite pasar por el vado, la subida a Salvaterra do Extremo es empinada, por un camino marcado en zig, zag. Como a mitad del recorrido se encuentra una fuente en la que la parada se hace obligada para beber el agua fresca que sale por sus caños y coger fuerza para seguir.
Más arriba se encuentra la caseta de los meriños. Dependiendo de quién estuviera haciendo la vigilancia, se paraban a saludarlo y sabían que a la vuelta iban a tener, la vista ciega y el oído sordo. Desde la fuente todo el camino está empedrado hasta el pueblo, que está situado en la cima de un cerro. Sus calles están bien alineadas y sus casas, las portuguesas las tienen pintadas de blanco con zócalos, ventanas y puertas en azul fuerte. El silencio que reina, siempre es interrumpido por el alboroto, las risas y la voces de las gentes que llegamos, porque siempre se va en grupo.
Las madres te dejaban ir con ellas cuando podías aguantar el camino andando. Hacían las compras en las pocas tiendas que había, las telas, toallas, café todo se lo escondían y nos lo escondían debajo de la ropa enrollándolo al cuerpo y atándolo con unas cuerdas. Así si al paso, te salían los meriños y carabineros, como nada se te veía, la carga no te la podían quitar, pero casi siempre cuando nos íbamos acercando en silencio para pasar desapercibidas por
la caseta de los meriños, a alguien se le rompía o desataba la cuerda, cayéndosele todo al suelo, esto provocaba tales carcajadas que se nos oía en cien metros a la redonda.
La buena conducta
Tan abstraída estaba en mis pensamientos que no me percaté de que la conversación estaba centrada en los motivos de nuestra marcha, ya que mi madre decía:
Muchas veces le he dicho, que nos tenemos que ir, que de esta gente no te puedes fiar, que ya sabes lo que te hicieron con lo del Papa, ¿Justo, es verdad?
Verdad es, pero cuando tienes el trabajo fijo, seguro, los jefes que solo aparecen de vez en cuando, las necesidades de la familia cubiertas no tienes motivos para salir a buscarte la vida. Pero esto, ha podido conmigo. Muy difícil fue, cuando mataron a mi padre, tener que entrar en sus casa para cobrarles y arreglarles la luz. También cuando me metieron en la cárcel, pero con el tiempo lo superas, pero esto que les han hecho a mis hijas, no he podido aguantarlo.
Con lo contentos que estábamos, que todos habíamos aprobado el examen y con el tiempo que mis hijas llevaban atendiendo el locutorio, cuando las telefonistas se iban a misa o al cine y lo que ha andado esta criatura cuando llegaba algún aviso o tenía que repartir las guías -decía mi madre-
Yo lo hubiera entendido si lo hubieran solicitado como nosotros y la telefónica les hubiera hecho el examen, aunque nuestras hijas por la relación que manteníamos con las telefonistas habían aprendido a llevarlo bien como todo el pueblo sabe, pero de la forma que lo han hecho……-decía mi padre-
¡Mira, que no querernos dar el certificado de buena conducta!. Pero si hasta los jefes de la telefónica que vinieron a hacernos el examen, no lo podían entender -decía mi madre-
El capitán de la guardia civil me decía:
Justo, no puedo hacer nada, han dicho que no sois de confianza, porque a tu padre lo mataron por rojo y la Chon tiene a su hermano exiliado en Francia por lo mismo.
Cuando las telefonistas decidieron dejar el locutorio, mis padres lo solicitaron pensando que para sus hijas era la mejor forma de trabajo que podían tener. Hicieron la solicitud correspondiente, la telefónica nos hizo el examen de matemáticas, escritura, lectura y redacción a mis padres, a mi hermana y a mí. Superado el examen, quedaba pendiente de presentar la documentación correspondiente: Certificado de buena conducta, de empadronamiento, del servicio social que mi hermana tuvo que hacer, que por la edad que tenía le exigían… etc.
Otra persona con mucho poder y sin escrúpulo, pensó que ese puesto de trabajo tenía que ser para su familia. Como no podía apoyarse en otra cosa, impidió que nos dieran el certificado de buena conducta.
El día que mis padres se enteraron, fue la primera vez que vi a mi padre llorar. Se metió en la alcoba y no salió hasta el día siguiente y eso que toda la familia estuvo en casa y se hicieron pucheros de tila para calmar los ánimos. Al día siguiente cuando mis padres se levantaron nos dijeron:
Mañana nos vamos a Irún, a buscar trabajo. Esperanza, tú te vienes con nosotros y vosotras -mi hermana concha ya había nacido- os quedáis en casa de la tita María.
Antes llamaron por teléfono para decírselo a la tita Flora, que era la mujer del tito José. Hace años se tuvieron que marchar del pueblo porque el negocio del taxis que el tito José tenía, no le daba para alimentar a la familia.
Era una familia muy grande, tuvieron cinco niñas y por fin en el ultimo embarazo les nació el niño que tanto habían ido a buscar. En Irún encontraron trabajo, pero el tito José, al poco tiempo de llegar murió de una enfermedad al corazón como la abuela Vicenta.
Quince días tardaron en volver mis padres, a buscarnos a mi hermana Concha y a mí. En poco tiempo la casa quedó vacía y las cosas más elementales que necesitábamos empaquetadas para partir.
En los días que estuvieron en casa de la tita Flora, mi madre se dedicó a buscar una vivienda, por lo que nos contó, le costó mucho encontrarla. Sólo le alquilaban una habitación pequeña con derecho a cocina, donde no cabíamos aunque nos metiéramos apretujadamente. Mucho pateó hasta que le alquilaron dos habitaciones con derecho a cocina.
Mi hermana, como era joven, enseguida encontró trabajo. A mi padre le costó un poco más por la edad que tenía, pero lo encontró en San Sebastián como instalador electricista y los fines de semana, en un cine de Irún para pasar las películas, como hacía en el pueblo.
El cine
Mi padre estudió por correspondencia, operador de cine. De más joven con sus hermanos, fueron los dueños del cine, pero el negocio no fue bien y lo tuvieron que quitar. Al poco, se abrió otro cine y él pasaba las películas, hasta que les enseñó a los hijos del amo. Durante ese tiempo teníamos asegurada la entrada gratis, en el cine de invierno y en el cine de verano.
El de invierno tenía dos plateas una a la derecha y otra a la izquierda. En la de la derecha se sentaba el dueño con su familia, los únicos que tenían brasero para combatir el frío. En medio de las dos plateas estaban las butacas de madera. El gallinero estaba arriba y ocupaba como la mitad de la sala. Tenía escalones de madera. Encima del gallinero estaba la cabina, donde mi padre se metía para pasar las películas. A veces nos llevaba con él.
Las carteleras con varías escenas de la película, las ponían colgada en la pared de la esquina de la calle donde yo vivía. Ese día nos pasábamos o quedábamos con las amigas para ir a ver la cartelera. Pasábamos mucho rato mirándola y nos imaginábamos la película, sobre todo cuando era para mayores y no nos dejaban entrar por la censura. Cuando ponían alguna película que el cura y las beatas consideraban pecaminosa, les tachaban de inmorales e indecentes a todos aquellos por iban a verla.
Casi toda la gente comía cacahuetes, chochos y pipas, haciendo mucho ruido al comer, a veces los chicos se ponían detrás para echarnos a las chicas las cáscaras. Del gallinero solían caer las cáscaras a veces acompañadas de escupitajos. Cuando la película se quemaba, o no se oía, o no gustaba, se empezaba a patear. Como el suelo era de madera, parecía que entraba el sétimo de caballería. La zorrera que se preparaba con el humo del tabaco en todo el cine era tremenda.
Detrás del cine de invierno estaba el cine de verano, que tan agradable resultaba en las noches calurosas. Tenía veladores con sillas para los que querían y podían tomar refrescos. También tenía gallinero con peldaños de cemento.
Con algunas películas pasaba tanto miedo, que no podía parar quieta sentada en la butaca. Me tapaba la cara con las manos, metía la cabeza entra las piernas, me agachaba, me daba la vuelta pero seguía teniendo miedo. Solo se me pasaba cuando me salía afuera con Atilano el portero, que sabía de mi miedo. Siempre me sonreía y decía:
Que eso no es de verdad, que es una película.
Pero yo permanecía junto a él hasta que la música cambiaba o hasta el final de la película.

La luz del día que nos había acompañado parte del camino fue paulatina y suavemente dando paso a la oscuridad y en seguida se echó la noche encima. Las luces de la furgoneta iluminaban la carretera, pero, en un momento determinado la carretera se quedó oscura a la vez que el conductor frenaba y decía:
Lo que nos faltaba nos hemos quedado sin luces
¡No me jodas, funcionan los intermitente! - decía mi padre-
Sí, ya me orillo y paro.
Seguro que se han fundido las bombillas.
Busca en la guantera la linterna.
Parada la furgoneta y linterna en mano, los dos se pusieron a investigar donde podía estar la avería. En efecto, estaban las bombillas fundidas y el conductor decía:
Esto sí que es raro, que las dos se hayan fundido.
Pues no nos queda ninguna de repuesto -decía mi padre-
Esperemos que no se fundan otra vez, y podamos llegar al surtidor más próxima a ver si tienen alguna y de paso lleno el depósito de combustible.
Pocos kilómetros nos quedan para llegar a la entrada Burgos que tenemos uno.
Cuando llegamos el conductor se bajó y le dijo al mozo del surtidor:
Lléname el deposito y dame un recambio de bombillas, que las dos se me han fundido.
El combustible te puedo dar, pero las bombillas, tienes que esperar a que venga el amo, porque está de boda, se le ha casado la hija y yo no sé dónde las tiene.
¿Y va a tardar mucho?
No, ha quedado que pasaría dentro de un rato.
¿Y no podemos buscarlas nosotros?
Mejor esperamos y si tarda las buscamos.
Esta conversación me trajo a la mente la boda de mi prima Chari, hija de mi tita Vitoriana y tito Gregorio.
La boda
Todas no son iguales. En función de las posibilidades económicas de la familia las bodas son más o menos pomposas.
Toda la familia y allegados colaboramos en los preparativos que duraron varios días.
Días antes de la boda con su hermana, sus amigas y otras primas, ayudamos a la novia a exponer el ajuar que su madre le había preparado. En su casa, en una sala grande, colocamos, sobre varias mesas, las sábanas, las mantas, las colchas, las toallas, los camisones, la ropa interior y la vajilla bien colocada en el aparador, con los manteles en los cajones abiertos y los mas bonitos sobre las mesas. Cuando todo estuvo preparado, invitaron a la gente para que pasase a ver el ajuar que permaneció expuesto hasta las vísperas de la boda que preparamos la cama, con su colchón de lana, sus mejores sábanas bordadas, sus mantas y su bonita colcha. Encima pusimos el camisón de la noche de bodas. En el suelo y a cada lado, las alfombras, sobre una de ellas y al lado del camisón, las zapatillas de la novia. Al lado de la cama pusimos la mesilla con su lámpara. En un rincón el lavabo de madera, con la palancana, el jarrón, el cubo, la jabonera y las toallas bordadas. Enfrente de la cama, la cómoda con sus cajones entreabiertos en los que se colocaron ordenadamente el resto de la ropa y la más bonita colgando de ellos. En un lateral el armario con los vestidos, las mantas etc.. y la gente volvió a pasar para verlo.
Las avisadoras,fueron mi prima Tere, hermana de la novia, con otra hermana del novio. Se vistieron de negro, con teja y mantilla, se cogieron del dedo meñique y pasaron por las casas que llevaban anotadas en un papel, haciendo la invitación formal a la boda. La invitación informal a la familia, la hizo la tita Vitoriana y el tito Gregorio cuando decidieron la fecha de la boda.
Unos días antes de la boda, se empezaron los preparativos para el banquete.
La familia y allegados, en la medida de sus posibilidades, le llevaba arroz, azúcar, huevos, harina, aceite, etc…como regalo para el banquete.
La tita Vitoriana, por buena dulcera y cocinera, fue la encargada de hacer todo. Las demás le ayudamos en ello. Las vísperas, nos pusimos mandiles blancos y se comenzaron a hacer los dulces, perrunillas, bolluelas, madalenas, tencas, cazuelas, buñuelos, floretas, pestiños y el pan. Fuimos colocando en las latas de los dulces, y por tandas las fuimos llevando al horno de leña para cocer. Cuando salieron se dejaron enfriar y se fueron colocando en barreños de alvedrío.
El día que se coció el pan se celebró la masería. Los músicos con el acordeón, la trompeta y la batería estuvieron tocando, pasodobles, vals corrido, tangos y jotas, hasta la madrugada. Mi padre a ratos, a mi hermana la pequeña le enseñaba a bailar, como hizo con mi otra hermana y conmigo. Nos cogía de las manos, nuestros pies los colocábamos sobre los de él y al son de la música marcábamos el ritmo deslizándonos por toda la sala de baile, ¡qué divertido era! y que bien aprendimos a bailar.
La tarde anterior a la boda, como la tita no tenía suficientes mesas, sillas, vajilla, manteles y servilletas, los familiares y vecinas le dejaron lo que necesitaba y le ayudamos a colocar todo para el banquete.
 

Autor: Juana Clavero Molina

Zarza Zarza la Mayor

SEMANA SANTA EN ZARZA

Eja que lo cuente como sé de maña,
qu´en jamás jue´l muchacho pal pueblo
po Semana Santa.
y endispués que lo iga, ya puedes
endigale en las cosas cristianas
y enseñale bien el Catecismo
pa que no barbarice a sus anchas.
Cuéntalo, muchacho, ¿qué pasa pol pueblo
por Semana Santa?

- Pos verá osté, padre, pasan muchas cosas;
yo no sé si sabré yo explicalas:
anti to, lo qu´a mí más me gusta
son las pruseciones: ¡qué cosa más maja!
unas parigüelas mu grandes, mu finas,
mu bien jatiadas,
y en lo arto una Virgen mu moza,
mu güena, mu santa,
Yo tamién lo qu´a mí más me gusta
es cuando se juntan dambos en la praza,

la Virgen aquella y el Resucitao.
¡Chaco, qué estrumpicio cuando me la estapan!...
Al bori sin bori, prencipian los curas,
y tlon, tlon, tolón, tolón, toitas las campanas,
y tachinda, chinda, tós los del Pulío,
y las escopetas jarriando descargas,
y... estas cosas padre, no son pa contao,
no son pa explicalas,
tié osté qu´ir otro año pa velas,
tié osté qu´ir con mi madre y mi hermana,


pa enterase de toas las cosinas
que pasan pol pueblo por Semana Santa.
Iba mucha gente, con velas mu largas,
en dos carrefilas po los enceraos
pa dale compaña;
y en medio curas y tamién ceviles
con las escopetas a la funeraria,
por si alguno de mala nacencia
juera osao en llegar a insultala.

¡Qué Virgen más güena, qué Virgen más moza,
qué Virgen más santa!...
¡La Virgen, la Virgen!... Ella dende arriba
de las parigüelas que la porteaban,
lo mesmo a los ricos, lo mesmo a los probes,
a tós los miraba con la mesma cara;
y.., ¡qué corci! a mí me paecía
qu´a nusotrso mejó nos miraba,
paeciendo icirnos
con aquellos ojos cuajaos e lágrimas:
"¡Peirme, muchachos, peirme con gana,
pa que Dios sus conceda a vusotros
lo que os jaga falta!" Y yo l´he peïo
a esa Virgen tan güena y tan santa,
a esa virgen que ya no m´acuerdo
cómo la mentaban,
qu´aremate mu pronto esta guerra
y que pare e llover, porque´l agua,
que mus quita trebajo a los probes,
está jorobando toita la senara.
¡Yo no sé que será de nusotros
como siga metio´l tiempo en agua.



Al pasá po la casa e los ricos,
¡pumba!, s´encendían toás las luminarias,
y cantaban los mozos cantares,
esos cantarcinos que pol pueblo andan,
que agora es la móa,
que hacen gorgoritos y hacen mojigangas
como los triníos de las golondrinas
que mus espabilan cuando viene´l alba,
y al pasá po la casa e los probes,
tamién hab´ía luces dando luminaria:
luces de pitrolio qu´apagab el aire;
quinqueses, candiles en tóas las ventanas,
que paecían relamiase de gusto
al pasá la Virgen elante e su casa.

Y pa mí qu´a Ella no debía gustale
la lus elertrina pa que l´alumbrara;
¡la lus elertrina, tan seria, tan fosca,
con sus alambraos y sus maquinarias,
y con sus celipas y con sus tornillos
que d´un gorpe encienden y d´un gorpe apagan!
trillando la ganacias...

Y el pan n´ha subio, gracias al alcarde,
qu´a los panaéros ha tenío a raya,
qu´es presona de mucha concencia,
que mus dió trebajo a tós en la praza.

¡Ay padre, qué güenos que son los señores
cuando icen a seglo con gana!

Tós los del casino de nuestro partio
le daron limosna a to´l que llegaba,
y sin destinciones, y sin miramientos,
juera gente suya o juera contraria.
II
Yo tamién me gusta
la Semana Santa,
por sus comilonas
llenas de durzainas.
Muchos platos, muchos,
ca uno de su casta,
porque pa estos días,
agüela Tomasa,
ha mercao unos peces mu grandes,
más grandes que carpas,
que se pescan mu lejos, mu lejos,
más allá e Zarza,
y que saben d´un modo más rico
que los que se pescan en el Guadiana.
¡Chacho!, què potingues y cuántos guisotes,
y cuántas cosinas, y cuántas durzainas
pa ponerse jartete y pa dirse
a los monumentos pa vé las muchachas.
¡Chacho!, qué jorgorio hay en las tinieblas
en cuanto las últimas candelas s´apagan.
Yo di matracazos
con la mi matraca,
y arrimé silbios
que naide arrimaba.
Y no era yo solo que tós los muchachos
jacían lo mesmo metiendo bullanga;
porque mus dijera la señá Colasa
qu´hay que meter bulla
pa que los diablillos del Santo se salgan,
porque tienen toavía la querencia
d´hacer perrerías con la gente santa
y atizá zurriagazos al Cristo
qu´en aquellos tiempos le crucificaran.

 

Autor: Mandado a Foro-Ciudad por Anónimo